En medio de tensiones políticas internacionales que amenazan la estabilidad económica y social, es crucial que nuestro gobierno y clase política realicen un ejercicio de autocrítica. En lugar de eso, predominan declaraciones altisonantes y acusaciones. La situación se complica con el escándalo del gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, que ha llevado a la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo a establecer límites a su comportamiento. Sin embargo, el descontento político no se resolverá con una sola acción, por más contundente que sea.
Desde la llegada de Sheinbaum al poder, muchos esperaban un deslinde del régimen anterior. Aunque el cambio en la estrategia de seguridad puede interpretarse como un intento de cambio, persisten un discurso polarizante y la impunidad en escándalos de corrupción, como el caso de Segalmex. La falta de transparencia en casos judiciales y la protección a presuntos responsables sugieren que aún hay una falta de determinación para priorizar el interés nacional sobre los intereses de grupos políticos.
Es necesario que la presidenta abandone la retórica de la “soberanía nacional” y las acusaciones de “traición a la patria” hacia críticos y opositores. En su lugar, debería establecer un acuerdo pragmático de unidad nacional para enfrentar los problemas que afectan a los mexicanos. No basta con un cambio de discurso; se requiere una revisión autocrítica ante la crisis de derechos humanos, la incertidumbre económica y los retos educativos y ambientales del siglo XXI.
La pregunta es: ¿de qué soberanía habla un gobierno que no ha logrado establecer el Estado de derecho en territorios controlados por el crimen organizado? La falta de justicia y la impunidad en el asesinato de periodistas son realidades que no pueden ignorarse. Personalizar el ejercicio gubernamental puede distorsionar la política, pero en un régimen presidencialista, los líderes visibles tienen una gran responsabilidad.
La oposición también necesita autocrítica. Los partidos tradicionales parecen competir por el título de la peor actuación. El PAN, con su lema “Patria, familia y libertad”, adopta un estilo que recuerda al fascismo, mientras que el PRI recurre a la nostalgia engañosa. Si aún hay militantes comprometidos con la democracia, deben liberarse de liderazgos ineptos y actuar como oposición constructiva. Aún están a tiempo para hacerlo.
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