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La pérdida de la moderación en la política democrática

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La pérdida de la moderación en la política democrática

La política democrática se fundamenta en los límites que los ganadores están dispuestos a respetar. Sin embargo, este principio se ha perdido en medio de la polarización. El diálogo y el acuerdo con quienes tienen opiniones diferentes han dejado de ser vistos como virtudes y se consideran claudicación o traición.

El ganador de la elección busca controlar no solo el gobierno, sino también las instituciones y las reglas que permitieron su triunfo. La mayoría ya no es un mandato temporal, sino una justificación para ejercer control sobre el Estado. Aunque el sufragio mantiene su apariencia democrática, pierde su esencia cuando se utiliza políticamente a través de programas sociales o la intervención de poderes públicos.

El respeto hacia quienes piensan diferente ha sido desplazado. Políticos, periodistas, creadores de contenido, jueces y organizaciones civiles enfrentan un entorno donde la crítica se convierte en agravio y el disenso en sospecha. Tras ocho años de erosión institucional, la capacidad del Estado para ofrecer legalidad y justicia imparcial está comprometida. Cuando los órganos que deben contener al poder pierden su independencia, la democracia se convierte en un mero nombre sin contenido.

Los medios de comunicación también sufren este deterioro. Un sector de la oposición busca convertirlos en herramientas de combate, mientras que el poder califica como militancia cualquier información que contradiga su narrativa. Estas exigencias distorsionan la función de los medios: informar no implica obedecer al gobierno ni servir de trinchera a sus adversarios.

La libertad de expresión debe proteger las voces incómodas. Desde el poder, se requiere objetividad, prudencia y respeto hacia los ciudadanos. Los gobernantes pueden tener convicciones, pero no deben convertirlas en sentencias.

La moderación no es sinónimo de cobardía ni tibieza. Es la disciplina democrática que reconoce la legitimidad del otro y acepta que ninguna causa, por justa que sea, justifica la destrucción de las reglas comunes. La política pierde su esencia cuando se niega al adversario el derecho a disentir.

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