Durante décadas, se han perpetuado ideas que limitan la participación política de las mujeres. Se ha argumentado que “no están preparadas para votar”, que su rol es el de cuidar el hogar, que “no les interesa la política” o que “no saben de política”. Sin embargo, al observar el camino recorrido, se evidencia que los derechos políticos de las mujeres nunca fueron una concesión.
Desde 1824, hay registros de mujeres en México que buscaban ser reconocidas como ciudadanas. En Zacatecas, algunas enviaron cartas al gobernador solicitando ese reconocimiento, aunque su petición fue considerada inapropiada. A pesar de este rechazo, la lucha continuó y en 1916 se llevó a cabo el Primer Congreso Feminista en Mérida, Yucatán, donde se discutió la desigualdad en la educación, el trabajo y la vida política, aunque el sufragio femenino no fue el tema central.
A pesar de que la Constitución de 1917 no prohibió explícitamente el voto femenino, su redacción sobre las prerrogativas del ciudadano fue utilizada para negar este derecho a las mujeres. Esto plantea una pregunta fundamental: ¿quién dedicaría décadas a luchar por un derecho si no le interesa la política? Además, si las mujeres no estuvieran interesadas en la vida pública, ¿por qué enfrentarían violencia política y condiciones desiguales para contender en elecciones?
La evidencia histórica respalda el interés de las mujeres en la política. Según datos del INE, en 2024, la participación ciudadana nacional fue del 59.8% de la Lista Nominal. Al desglosar por género, se observa que el 64.3% de las mujeres con derecho a voto participó, en comparación con el 54.8% de los hombres, lo que representa una diferencia cercana a 10 puntos porcentuales.
En la Ciudad de México, la situación fue similar. La participación ciudadana alcanzó el 69.3%, con un 73.3% de mujeres ejerciendo su derecho al voto, frente al 64.9% de los hombres. Estos datos demuestran que las mujeres no solo participan, sino que también influyen en la vida democrática del país.
Es fundamental recordar, como dijo Simone de Beauvoir, que los derechos de las mujeres no son permanentes y siempre deben ser vigilados. Un ejemplo de la vulnerabilidad de estos derechos es el movimiento denominado tradwife, que promueve estereotipos de género y puede llevar a ideas como el voto familiar, que aísla a las mujeres del ejercicio directo de sus derechos políticos.
La historia ya ha respondido si a las mujeres les interesa la política. Ahora, es crucial asegurarnos de que los retrocesos sociales no amenacen los derechos que hemos conquistado.
Información vía fuente original



