Recientemente, al preparar la presentación del nuevo libro de Agustín Basave, “La era de la ira”, surgieron reflexiones sobre el estado actual del tablero político y social. La humanidad, especialmente en el mundo occidental, parece estar tratando de responder a los retos del siglo XXI con categorías políticas que pertenecen al siglo XIX.
Las preocupaciones sociales podrían estar cambiando, y la idea de que todo debe ser gobernado y regulado podría estar quedando atrás. Durante más de dos siglos, nuestras democracias se han construido bajo la premisa de que el Estado es el principal organizador de la vida colectiva, abarcando áreas como la educación, la seguridad y la cultura. Sin embargo, el mundo ha comenzado a transformarse de manera autónoma.
Hoy, millones de personas trabajan para empresas en países donde nunca han vivido, aprenden en plataformas digitales y crean redes profesionales que cruzan fronteras. La inteligencia artificial está asumiendo tareas que antes eran exclusivas de grandes burocracias y especialistas.
A pesar de la falta de revoluciones visibles, las dinámicas sociales están cambiando. Las discusiones políticas se centran en quién debe tener el poder, pero se ignora un supuesto común: que el Estado seguirá siendo el eje de la vida colectiva. ¿Y si eso dejara de ser así?
No se trata de la desaparición del Estado, sino de su transformación en un intermediario que ya no organiza todos los aspectos de la convivencia. La historia muestra que las instituciones pueden perder su monopolio sin desaparecer. Por ejemplo, la imprenta no eliminó a las universidades, sino que democratizó el acceso al conocimiento.
Estamos ante la posibilidad de un nuevo pacto civilizatorio, donde la cooperación entre ciudadanos se base menos en jerarquías y más en redes distribuidas y tecnologías que facilitan la toma de decisiones sin una autoridad central. Con un teléfono celular, hoy es posible emprender, aprender, participar en proyectos globales y formar comunidades.
Este cambio no solo impacta la economía, sino también nuestra comprensión del poder. Las generaciones más jóvenes parecen distanciarse de la política institucional, lo que a menudo se interpreta como apatía. Sin embargo, podría ser que su participación se haya trasladado a espacios donde la política ya no es el centro de sus vidas.
Mientras se discute sobre las próximas elecciones, el mundo podría estar definiendo las reglas sociales del futuro. Los cambios civilizatorios suelen llegar sin previo aviso, alterando nuestras vidas antes de que tengamos las palabras para describirlos.
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