El pasado domingo, Nicaragua conmemoró el 47 aniversario de la Revolución que puso fin a la dictadura de Somoza. Los festejos estuvieron encabezados por Daniel Ortega, presidente desde 2007, y su esposa, Rosario Murillo, quien fue nombrada copresidenta el año anterior. Sin embargo, el evento tomó un giro inesperado cuando Ortega anunció que Nicaragua dejará de celebrar elecciones.
Ortega ha permanecido en el poder casi 30 años, y su reciente declaración no sorprendió a muchos. La existencia de elecciones no garantiza un régimen democrático. Para ello, se requiere una oposición libre, árbitros electorales independientes y la posibilidad de alternancia política. Sin estos elementos, las elecciones se convierten en un mero protocolo que legitima al gobernante, como ocurre en Nicaragua y Cuba.
Ambos países han seguido trayectorias diferentes tras sus revoluciones, pero ambos han derivado en regímenes autoritarios. En Cuba, la revolución condujo a un Estado socialista de partido único, donde el Partido Comunista es la única fuerza política permitida, eliminando así la competencia electoral.
En Nicaragua, el régimen surgido de la Revolución Sandinista experimentó momentos de competencia política. Ortega aceptó su derrota en 1990, pero regresó al poder en 2007. Desde entonces, el país ha ido evolucionando hacia la dictadura, con la captura del Poder Judicial y del órgano electoral, reformas para permitir su reelección, y la represión de la oposición y de instituciones que pudieran actuar como contrapesos, como medios de comunicación y universidades.
El anuncio de Ortega sobre la eliminación de elecciones refleja un panorama en el que la democracia en Nicaragua ha estado ausente durante años, y ahora se ha dado el paso final hacia la eliminación de las urnas.
La pregunta que surge es cómo dos regímenes que llegaron al poder en nombre de la justicia y la igualdad terminan replicando o superando los sistemas que combatieron. En su obra ‘Revolución y dictadura’, Levitsky y Lucan Way analizan por qué las revoluciones sociales violentas tienden a generar dictaduras resistentes. Los autores identifican cuatro condiciones que deben cumplirse para que los regímenes revolucionarios se consoliden: debilitar a las élites anteriores, eliminar centros de poder autónomos, formar una nueva élite cohesionada y construir un aparato coercitivo leal al nuevo régimen.
Cuba y Nicaragua, aunque con diferentes trayectorias, han logrado consolidar regímenes revolucionarios que reorganizan el Estado, cohesionan la clase política en torno a su ideología, crean fuerzas armadas leales y ejercen represión contra sus adversarios. Así, han mantenido el poder durante largos periodos sin permitir un regreso a la democracia constitucional.
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