El discurso fue leído por Ana Corina Sosa, hija de María Corina Machado, en Oslo el 10 de diciembre de 2025, durante la ceremonia del Premio Nobel de la Paz. Machado, líder opositora venezolana, fue reconocida por su defensa de la democracia y los derechos humanos en Venezuela, pero no pudo asistir por motivos de seguridad debido a la persecución política que enfrenta.
En el texto, Machado subrayó que la libertad no se regala, se conquista, y que los venezolanos deben estar dispuestos a luchar por ella. Denunció la corrupción, las torturas y el terror impuesto por el régimen de Nicolás Maduro, responsabilizándolo de la crisis humanitaria y política que atraviesa el país. Al mismo tiempo, transmitió un mensaje de esperanza, afirmando que el reconocimiento internacional demuestra que Venezuela no está sola y que el mundo observa su resistencia.
Una de las frases más destacadas fue su visión de futuro: “el mundo quedó maravillado por lo que logramos. Y pronto presenciará una de las imágenes más conmovedoras de nuestro tiempo: el regreso de los nuestros a casa”.
El hecho de que su hija recibiera el premio en su nombre reforzó la idea de continuidad generacional en la lucha democrática y convirtió el acto en un símbolo de resistencia y dignidad frente a la represión. El Comité Noruego destacó su esfuerzo incansable por impulsar una transición justa y pacífica en Venezuela.
Este episodio quedará registrado como un momento histórico para el país, al ser la primera vez que Venezuela recibe el Nobel de la Paz, y como un acto de memoria pública que dignifica la experiencia de quienes resisten la exclusión y la violencia.
Discurso de aceptación de la ganadora del Premio Nobel de la Paz de 2025 María Corina Machado
Representada por Ana Corina Sosa Machado
Oslo, 10 de diciembre de 2025.
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Sus Majestades, Altezas Reales, distinguidos miembros del Comité Nobel, ciudadanos del
mundo, mis queridos venezolanos:
He venido a contarles una historia, la historia de un pueblo y su larga marcha hacia la
libertad. Esa marcha me trae hoy aquí, como una voz entre millones de venezolanos que se
han levantado una vez más para reclamar el destino que siempre les ha pertenecido.
Venezuela nació de la audacia, moldeada por una fusión de pueblos y culturas. De España
heredamos una lengua, una fe y una cultura que se hermanaron con nuestras raíces
ancestrales indígenas y africanas. En 1811 escribimos la primera constitución del mundo
hispano, una de las primeras constituciones republicanas de la Tierra. Allí afirmamos una
idea radical: que cada ser humano posee una dignidad soberana. Esa constitución consagró
la ciudadanía, los derechos individuales, la libertad religiosa y la separación de poderes.
Nuestros antepasados cargaron la libertad sobre sus hombros. Cruzaron un continente
entero, desde las orillas del Orinoco hasta las alturas del Potosí, convencidos de que la
libertad nunca está completa si no es compartida. Desde el principio creímos en algo tan
simple como inmenso: que todos los seres humanos nacen para ser libres. Esa convicción se
convirtió en el alma de nuestra nación.
En el siglo XX nuestra tierra floreció. En 1922, durante nueve días, se produjo el Reventón
de La Rosa, en Cabimas, Estado Zulia, y de allí manaron el petróleo y grandes posibilidades.
En tiempos de paz, convertimos esa riqueza repentina en un motor de conocimiento y de
imaginación. Con el ingenio de nuestros científicos erradicamos enfermedades, fundamos
universidades de prestigio mundial, museos y salas de conciertos, y enviamos miles de
jóvenes venezolanos a estudiar en el exterior, confiando en que sus mentes libres
regresarían a transformar el país. Nuestras ciudades se llenaron con el arte cinético de Soto
y de Cruz-Diez. Forjamos acero, aluminio e hidroelectricidad, demostrando que Venezuela
era capaz de construir todo lo que se atreviera a soñar.
También fuimos refugio. Abrimos los brazos a migrantes y exiliados de todos los rincones
del mundo: españoles que huían de la guerra civil, italianos y portugueses escapando de la
pobreza y las dictaduras, judíos que dejaban atrás el Holocausto, chilenos, argentinos y
uruguayos que huían de los regímenes militares, cubanos que repudiaban el comunismo y
familias enteras de Colombia, Líbano y Siria que buscaban la paz. Les dimos hogar, escuela
y seguridad, y todos ellos se hicieron venezolanos.
Esta es Venezuela.
Construimos una democracia que se convirtió en la más estable de América Latina,
desatando toda la fuerza creadora de la libertad.
Pero incluso la democracia más fuerte se debilita cuando sus ciudadanos olvidan que la
libertad no es algo que debamos esperar, sino algo a lo que debemos dar vida. Es una
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decisión personal, consciente, cuya práctica cotidiana moldea una ética ciudadana que debe
renovarse cada día.
La concentración total de la renta petrolera en manos del Estado generó incentivos
perversos y le dio al poder gubernamental un control inmenso sobre la sociedad, que
terminó traduciéndose en privilegios, clientelismo y corrupción.
Yo tuve la fortuna de crecer junto a un padre que dedicó su vida a construir, a crear y a
servir. De él aprendí que amar a Venezuela significa asumir la responsabilidad de su
destino; sin embargo, como sociedad no supimos hacerlo a tiempo.
Cuando comprendimos cuán frágiles se habían vuelto nuestras instituciones, ya era tarde.
El cabecilla de un golpe militar contra la democracia fue elegido presidente, y muchos
pensaron que el carisma podía sustituir el Estado de derecho.
Desde 1999, el régimen se dedicó a desmantelar nuestra democracia: violó la Constitución,
falsificó nuestra historia, corrompió a las Fuerzas Armadas, purgó a los jueces
independientes, censuró a la prensa, manipuló las elecciones, persiguió la disidencia y
devastó nuestra biodiversidad.
La riqueza petrolera no se usó para liberar, sino para someter. Se repartieron lavadoras y
neveras en televisión nacional a familias que vivían sobre pisos de tierra, no como símbolo
de progreso, sino como espectáculo. Apartamentos destinados a la vivienda social se
entregaban a unos pocos como recompensa condicionada a la obediencia.
Y entonces llegó la ruina: una corrupción obscena, un saqueo histórico. Durante los años
del régimen, Venezuela recibió más ingresos petroleros que en todo el siglo anterior. Nos lo
arrebataron todo.
El dinero del petróleo se convirtió en un arma para comprar lealtades en el exterior,
mientras el Estado se fusionaba con el crimen organizado y con grupos terroristas
internacionales.
La economía colapsó más de un ochenta por ciento, la pobreza superó el ochenta y seis por
ciento, y nueve millones de venezolanos se vieron obligados a huir.
No son solo cifras; son heridas abiertas.
Pero más profundo y corrosivo que la destrucción material fue el método calculado para
quebrarnos por dentro. El régimen se propuso dividirnos: por nuestras ideas, por raza, por
origen, por la forma de vida. Quisieron que los venezolanos desconfiáramos unos de otros,
que nos calláramos, que nos viéramos comos enemigos. Nos asfixiaron, nos encarcelaron,
nos mataron, nos empujaron al exilio.
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Han sido casi tres décadas de lucha contra una dictadura brutal, y lo hemos intentado todo:
diálogos traicionados, protestas multitudinarias reprimidas, elecciones manipuladas. La
esperanza se derrumbó, y con ella se fue apagando la fe en que algo pudiera cambiar. La
posibilidad de un cambio se volvió una ingenuidad o una locura.
Y, sin embargo, desde lo más hondo de ese abismo, un paso que parecía pequeño, casi
burocrático, desató una fuerza que cambió el rumbo de nuestra historia. Decidimos, contra
todo pronóstico, realizar una elección primaria, un acto de rebelión improbable. Decidimos
confiar en la gente.
Para reencontrarnos, recorrimos el país por carretera y por caminos de tierra, en una
Venezuela sin gasolina, con apagones diarios y con las comunicaciones colapsadas.
Sin recursos, sin publicidad y sin medios de comunicación dispuestos a mencionar nuestros
nombres, avanzamos armados únicamente de convicción. El boca a boca se convirtió en
nuestra red de esperanza y se extendió más rápido que cualquier campaña, porque el deseo
de libertad seguía vivo dentro de nosotros.
La migración forzada, que buscaba fracturarnos, terminó uniéndonos en torno a un
propósito sagrado: reunir a nuestras familias en nuestra tierra.
Muchos abuelos me confesaron que su mayor miedo era morir sin conocer a sus nietos
vivían en el exterior. Niñas, con voces demasiado tenues para tanto dolor, me pedían que
trajera de vuelta a sus madres y hermanos dispersos por el mundo. Nuestro dolor se unió en
un solo latido: traer a nuestros hijos de regreso a casa.
Y, como si ese amor compartido abriera caminos, comenzaron a ocurrir pequeños milagros.
En mayo de 2023, durante un acto de campaña en el pueblo de Nirgua, se me acercó una
maestra llamada Carmen. Me contó que había visto allí a su jefa de calle, una operadora del
régimen que decide, casa por casa, a quién se le da una bolsa de comida y a quién se castiga
con el hambre.
Sorprendida, Carmen le preguntó: “¿Qué haces aquí?” Y la mujer le respondió: “Mi único
hijo, que se fue a Perú, me pidió que viniera hoy. Me dijo que, si ustedes ganan, él regresará.
Dime qué tengo que hacer.” Ese día, el amor venció al miedo.
Dos semanas después llegamos a Delicias, un pequeño caserío tomado por la guerrilla
colombiana y por el narcotráfico, donde ni una gallina puede venderse sin permiso de los
criminales. Ningún candidato había estado allí desde 1978. Mientras subíamos la montaña,
vi banderas de Venezuela ondeando en cada una de aquellas humildes casas. Pregunté,
ingenuamente, si era un día de fiesta nacional. Alguien me susurró: “No. Aquí la bandera se
mantiene escondida. Sacarla es peligroso. Hoy la gente la alzó para darte las gracias por
atreverte a venir. Tú te irás, pero nosotros nos quedamos, marcados.” Ese día, familias enteras
confrontaron a los grupos armados que dominaban sus vidas. Y cuando cantamos juntos el
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himno nacional, la soberanía renació en la forma de un coro frágil y desafiante. Ese día, el
coraje venció a la opresión.
Nuestros encuentros se transformaron en reuniones íntimas de miles de personas, donde
nos abrazábamos, llorábamos y rezábamos. Comprendimos que nuestra lucha iba mucho
más allá de una elección. Era una lucha ética, por la verdad; una lucha existencial, por la
vida; y una lucha espiritual, por el bien.
Faltaba menos de un año para la elección presidencial, y nuestro deber era unir a todas las
fuerzas democráticas y recuperar la confianza en el voto. Con las primarias lo logramos.
Fue un esfuerzo cívico y autogestionado que levantó una red ciudadana en todo el país,
como nunca antes en Venezuela.
Así fue como, el 22 de octubre de 2023, contra todo pronóstico, Venezuela despertó.
La diáspora, que ya era un tercio de la nación, reclamó su derecho a votar. El hijo que se fue
votó junto a la madre que se quedó, y las filas se extendían por cuadras mientras las
papeletas de votación se agotaban. Confiamos en la gente, y la gente volvió a confiar en
nosotros.
Lo que comenzó como un mecanismo para legitimar liderazgos se transformó en el renacer
de la confianza de un país en sí mismo. Ese día recibí un mandato, una responsabilidad que
trascendía cualquier ambición personal. Entendí el profundo peso de la tarea que me había
sido confiada.
Pero el régimen, amenazado por esa verdad, me prohibió postularme a la presidencia. Fue
un golpe duro, pero los mandatos no pertenecen a las personas, pertenecen al pueblo.
Entonces salimos a buscar a quien pudiera tomar mi lugar.
Edmundo González Urrutia, un diplomático sereno y valiente, dio un paso al frente. El
régimen creyó que no representaba una amenaza. Subestimaron la determinación de
millones de ciudadanos, una sociedad plural, que desde la riqueza de su diversidad se unió
en torno a un propósito común. Comunidades, partidos políticos, sindicatos, estudiantes y
sociedad civil trabajaron juntos para que se escuchara la voz de la nación.
Faltaban tres meses para el día de la elección, y pocos conocían nuestro candidato.
Además, no bastaba con obtener los votos; había que defenderlos. Durante más de un año
habíamos estado construyendo la infraestructura para hacerlo: seiscientos mil voluntarios
en treinta mil centros de votación, aplicaciones para escanear códigos QR, plataformas
digitales y centros de llamadas desde la diáspora. Desplegamos escáneres, antenas de
Starlink y computadoras escondidas en camiones de frutas para llegar a los rincones más
remotos del país. La tecnología se convirtió en una herramienta para la libertad.
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Las sesiones de entrenamiento se hacían en secreto, al amanecer, en salones prestados por
las iglesias, en sótanos y en cocinas, con materiales impresos que cruzaban el país de mano
en mano, como si se tratara de una operación de contrabando.
Finalmente llegó el día de la elección, el 28 de Julio 2024. Antes del amanecer ya había filas
que daban la vuelta a las cuadras, y en el aire se sentía una esperanza temblorosa y
contenida. Nuestro sistema de seguimiento en tiempo real mostraba una participación
creciente en cada estado y en cada pueblo. Luego comenzaron a llegar las actas electorales,
la prueba sagrada de la voluntad del pueblo: primero por teléfono, luego por mensajes,
después en fotografías, más tarde escaneadas y finalmente llevadas a pie, en moto, en mula
o incluso en canoa.
Llegaban desde todas partes. La verdad emergía por doquier, mientras miles de ciudadanos
arriesgaban su libertad para proteger aquellas actas.
Frente a la irrupción de nuestra victoria abrumadora, el régimen emitió una orden
desesperada: los soldados debían expulsar a nuestros testigos de los centros de votación e
impedir que recibieran las actas originales a las que tenían derecho por ley. Pero los
soldados desobedecieron.
Edmundo González ganó con el sesenta y siete por ciento de los votos, en cada estado,
ciudad y pueblo. Todas las actas contaban la misma historia. En cuestión de horas logramos
digitalizarlas y publicarlas en una página web, para que el mundo entero pudiera verlas.
La dictadura respondió aplicando el terror. Dos mil quinientas personas fueron
secuestradas, desaparecidas o torturadas. Marcaron sus casas, tomaron a familias enteras
como rehenes. Sacerdotes, maestros, enfermeras, estudiantes: todos perseguidos por
compartir un acta electoral. Crímenes de lesa humanidad, documentados por las Naciones
Unidas; terrorismo de Estado, usado para enterrar la voluntad del pueblo.
A más de doscientos veinte adolescentes detenidos tras las elecciones los electrocutaron,
golpearon y asfixiaron hasta forzarlos a decir la mentira que el régimen necesitaba difundir:
que habían sido pagados por mí para protestar. Mujeres y adolescentes encarceladas siguen
hoy sometidas a esclavitud sexual, obligadas a soportar abusos a cambio de una visita
familiar, una comida o el simple derecho a bañarse.
Aun así, el pueblo venezolano no se rinde.
Durante estos dieciséis meses en la clandestinidad hemos construido nuevas redes de
presión cívica y de desobediencia disciplinada, preparándonos para una transición
ordenada hacia la democracia.
Así llegamos hasta el día de hoy, en el que resuena el clamor de millones de venezolanos que
ya sienten cercana su libertad.
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Este premio tiene un significado profundo: le recuerda al mundo que la democracia es
esencial para la paz. Y lo más importante, el principal aprendizaje que los venezolanos
podemos compartir con el mundo es la lección forjada a través de este largo y difícil
camino: si queremos tener democracia, debemos estar dispuestos a luchar por la libertad.
La libertad se conquista cada día, en la medida en que estemos dispuestos a luchar por ella.
Esa es la razón por la cual la causa de Venezuela trasciende nuestras fronteras. Un pueblo
que elige ser libre no solo se libera a sí mismo, sino que contribuye con toda la humanidad.
Solo es posible alcanzar la libertad cuando decidimos no vivir de espaldas a nosotros
mismos; cuando afrontamos la verdad, por dura que sea; cuando el amor a lo que realmente
importa nos inspira el coraje necesario para perseverar y prevalecer. Solo al alcanzar esa
coherencia interior, esa integridad vital, logramos estar a la altura de nuestro destino. Solo
entonces llegamos a ser quienes realmente somos y podemos vivir una vida que valga la
pena vivir.
En esta larga y dura travesía, los venezolanos hemos ganado certezas del alma, verdades
profundas que le han dado un sentido trascendente a nuestras vidas y que nos preparan
para construir un gran futuro en paz.
Por eso la paz es, en última instancia, un acto de amor. Y ese amor ya ha puesto en marcha
nuestro futuro.
Venezuela volverá a respirar. Abriremos las puertas de las cárceles y veremos salir el sol a
miles de inocentes que fueron encarcelados injustamente, abrazados al fin por quienes
nunca dejaron de luchar por ellos. Veremos a las abuelas sentar a sus nietos en sus piernas
para contarles historias, no de héroes lejanos, sino del valor de sus propios padres. Veremos
a nuestros estudiantes debatir con pasión, sin miedo, con sus voces al fin libres. Volveremos
a abrazarnos, a enamorarnos, a oír nuestras calles llenas de risas y de música.
Todas las alegrías simples que el mundo da por sentadas volverán a ser nuestras.
Mis queridos venezolanos, el mundo ha quedado maravillado por lo que hemos logrado. Y
pronto presenciará una de las imágenes más conmovedoras de nuestro tiempo: el regreso
de los nuestros a casa.
Yo estaré allí, nuevamente, en el puente Simón Bolívar, en la frontera con Colombia, donde
una vez lloré entre los miles que se iban, para recibirlos de vuelta a la vida luminosa que nos
espera. Porque, al final, nuestro viaje hacia la libertad siempre ha vivido dentro de nosotros.
Estamos regresando a nosotros mismos. Estamos regresando a casa.
Permítanme rendir homenaje a los héroes de este camino. A nuestros presos políticos, a los
perseguidos, a sus familias y a todos los que defienden los derechos humanos. A quienes
nos protegieron, nos alimentaron y lo arriesgaron todo por cuidarnos. A los periodistas que
se negaron a callar. A los artistas que llevaron nuestra voz al mundo. A mi equipo
extraordinario, a mis maestros, a mis compañeros activistas políticos y sociales. A los
líderes del mundo que nos acompañaron y defendieron nuestra causa. A mis tres hijos, a mí
papá adorado, a mi mamá, a mis tres hermanas y a mi valiente y querido esposo, quiénes me
han sostenido durante toda mi vida.
Y, sobre todo, a los millones de venezolanos anónimos que arriesgaron sus hogares, sus
familias y sus vidas por amor. Ese mismo amor del que nace la paz, el que nos sostuvo
cuando todo parecía perdido y que hoy nos une y nos guía hacia la libertad.
A ellos pertenece este honor. A ellos pertenece este día. A ellos pertenece el futuro.
Seguimos de la mano de Dios.
Gracias.



