Las calles de la región se encuentran en un estado crítico, con baches que se multiplican y drenajes colapsados que generan malos olores. Las luminarias, inoperantes, dejan a los ciudadanos en la oscuridad, mientras que el transporte público se ha convertido en un caos, donde los conductores imponen su propia ley. La escasez de agua potable se agrava, convirtiéndose en un recurso limitado y racionado.
En la periferia, la pobreza se extiende, con familias que habitan en chozas de lámina y que buscan en el basurero municipal cualquier objeto que les ayude a enfrentar el frío invernal que se aproxima. Esta situación no es exclusiva de una sola localidad, sino que se repite en los 2,485 municipios del país, desde Oaxaca hasta Baja California.
A pesar de estas problemáticas, la agenda municipal parece desviada. En lugar de abordar estas necesidades urgentes, se enfoca en actividades políticas y eventos que no resuelven los problemas de la comunidad. La población anhela obras concretas y atención a sus necesidades, no espectáculos ni gestos que buscan agradar a las autoridades. La ciudad demanda soluciones efectivas para sanar sus heridas y recuperar la esperanza.
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