El 14 de enero de 1919, Rosa Luxemburgo publicó su último artículo, en un contexto de violencia en Berlín. Tras el aplastamiento del levantamiento espartaquista y el asesinato de militantes obreros, Luxemburgo se encontraba derrotada. Al día siguiente, sería asesinada junto a Karl Liebknecht, y su cuerpo sería arrojado al Landwehrkanal. A pesar de la adversidad, escribió un texto titulado “El orden reina en Berlín”, haciendo eco de una frase de 1831, que reflejaba la pérdida de la insurrección polaca. En su escrito, reconoció el fracaso de la dirección revolucionaria, pero concluyó con la poderosa afirmación: “¡Fui, soy y seré!”, refiriéndose a la revolución misma.
Setenta años después, el 9 de noviembre de 1989, Berlín vivió un momento histórico cuando miles de personas se congregaron en los pasos fronterizos tras el anuncio de Günter Schabowski sobre nuevas autorizaciones para viajar al Oeste. La multitud derribó un muro que había dividido la ciudad durante 28 años, celebrando lo que creían era el inicio de una nueva era. Sin embargo, este evento fue interpretado no como el renacer de la revolución, sino como su funeral.
El contraste entre 1919 y 1989 es significativo: mientras Luxemburgo proclamaba la continuidad de la revolución, en 1989 se consideró que esta había llegado a su fin. A partir de entonces, el siglo XX estuvo marcado por la caída de la Unión Soviética, la transformación de partidos comunistas y la reconfiguración del capitalismo. Nicolás Casullo, ensayista argentino, describió este fenómeno como “la revolución como pasado”, sugiriendo que la idea de revolución había perdido su relevancia en el imaginario contemporáneo.
Las derrotas de revoluciones pasadas, como la Comuna de París o la revolución alemana, no transformaron la idea de revolución en un concepto obsoleto. Sin embargo, hacia finales del siglo XX, la revolución socialista comenzó a ser vista como un recuerdo distante, y su mención se convirtió en un tema de ironía y cinismo. Martín Caparrós observó que la palabra “revolución” había perdido su significado de transformación radical, convirtiéndose en un símbolo de un nuevo orden.
Para la izquierda, esta percepción representó una derrota no solo política, sino también emocional. Enzo Traverso, en su obra “Melancolía de izquierda”, argumenta que las revoluciones son “la respiración de la historia”, donde surgen energías y pasiones que trascienden la vida cotidiana. A pesar de las derrotas, la esencia de la revolución persiste en la memoria colectiva.
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