Las largas filas en los baños femeninos no son un simple inconveniente cotidiano; son un reflejo de cómo los espacios públicos han sido diseñados sin atender necesidades específicas.
Mientras que en los baños masculinos los urinarios permiten un uso rápido y eficiente, las mujeres requieren cabinas completas porque orinan sentadas, lo que toma más tiempo.
A esto se suma el manejo de la menstruación, que implica cambios de productos de higiene, lavado de manos y, en ocasiones, más espacio y privacidad.
Además, las mujeres suelen acompañar a niños pequeños, lo que incrementa el tiempo de uso. Sin embargo, los espacios destinados a ellas rara vez se amplían para compensar estas realidades.
Este desajuste no solo genera incomodidades, sino que también simboliza cómo las decisiones arquitectónicas pueden ignorar diferencias fundamentales en la experiencia de las personas.
Rediseñar los baños públicos para responder a estas necesidades es una cuestión de equidad y dignidad. No se trata de un lujo, sino de garantizar que todas las personas puedan acceder a estos servicios de manera eficiente y justa.



