Un corrector que colaboró en uno de los periódicos que dirigí tenía la peculiaridad de modificar erróneamente una palabra, repitiendo el mismo error a pesar de las correcciones del equipo de edición. Este empleado insistía en escribir “DIF Estatal” con mayúscula, cuando la forma correcta es “DIF estatal”. A pesar de las indicaciones, su empeño en mantener la mayúscula se convirtió en un desafío diario para mí.
La situación llegó a tal punto que decidí hablar directamente con él. En una reunión, le expliqué pacientemente que, aunque “DIF” son siglas y debe ir en mayúsculas, “estatal” es un adjetivo común que se escribe en minúscula. Su respuesta fue desafiante: “Lo escribo así porque siempre lo he hecho”. Ante esto, le dejé claro que si continuaba cometiendo el mismo error, se enfrentarían a sanciones, e incluso podría ser despedido.
Esta anécdota me recuerda a una historia que cuenta mi esposa sobre una señora que, cada Navidad, cortaba las piernas del pavo antes de cocinarlo. Cuando su hija le preguntó por qué lo hacía, la madre solo pudo decir que así se lo había enseñado su propia madre. Al investigar, descubrieron que la razón era simplemente que la única pava que tenían era demasiado pequeña para el pavo entero.
Este relato ilustra cómo muchas veces realizamos acciones sin cuestionar su origen. En el ámbito político, esto también puede aplicarse, ya que las costumbres y prácticas se perpetúan sin un análisis crítico.
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